La eficiencia en la fase aguda del ictus depende en gran medida en la capacidad de transmitir la información entre los actores implicados y la toma rápida de decisiones. Ya hace más de una década que aparecieron los primeros sistemas de teleictus diseñados para trasladar la experiencia de personal cualificado a aquellos centros que por su ubicación o volumen no pueden disponer permanentemente de un experto presencial. Estos sistemas basados en la videoconferencia y compartición instantánea de imágenes no han sido más que un pequeño avance de lo que está por llegar. Los sistemas basados en plataformas móviles, inteligencia artificial, procesamiento automático de imágenes y robótica van a revolucionar muy pronto el escenario actual.

Los sistemas de telemedicina móvil avanzados que permiten la evaluación de pacientes con sospecha de ictus incluso a nivel prehospitalario mediante teléfonos móviles ya son una realidad. La integración de los datos clínicos, la evaluación remota por un experto, geolocalización, estado del tráfico en tiempo real e indicadores de rendimiento de cada centro hospitalario permiten la elaboración de algoritmos capaces de indicar en cada caso cual es el centro más adecuado al que debe trasladarse un paciente con sospecha de ictus. A estas plataformas se les podrá añadir pronto sistemas de reconocimiento facial o corporal basados en inteligencia artificial capaces de calcular la escalas clínicas (NIHSS, RACE…) indicando no solo el diagnóstico de ictus sino también si existe una alta sospecha de oclusión de gran vaso cerebral o de hemorragia intracraneal. La implantación generalizada en unidades de transporte sanitario podrá alertar inmediatamente y de forma automática a los gestores del código ictus a nivel regional reduciendo los tiempos de latencia.

Los avances tecnológicos también se están aplicando a la interpretación de pruebas de neuroimagen. Se trata de sistemas basados en “Machine Learning”; área de la Inteligencia Artificial que provee herramientas para desarrollar algoritmos de toma de decisiones basados en datos.

Son varios los softwares capaces de reconstruir mapas de perfusión cerebral y cuantificar de forma objetiva las áreas cerebrales en riesgo, mitigando los inconvenientes de no disponer de un radiólogo experto. Es probable que la inteligencia artificial pueda reemplazar pronto el uso de contraste permitiendo identificar alteraciones en la tomografía sin contraste que el ojo humano es incapaz de ver. De este modo se podrán identificar las áreas de tejido cerebral “salvable” o las oclusiones de arterias cerebrales de forma automatizada y sin administrar contraste generando de nuevo alarmas inmediatas a nivel regional. Esta automatización conllevará un aumento del número de pacientes identificados en menor tiempo, en especial en centros primarios de ictus donde la neuroimagen avanzada no es práctica clínica habitual.

Finalmente, debemos mencionar los avances a nivel de robótica. Los robots quirúrgicos capaces de realizar tratamientos endovasculares a distancia ya son una realidad. En 2019 se han realizado las primeras angioplastias coronarias remotas por especialistas ubicados a kilómetros del paciente. Los sistemas adaptados para procedimientos endovasculares cerebrales están listos para iniciar las primeras experiencias piloto. La consolidación de estos robots podrá paliar en parte la falta de profesionales cualificados en zonas poco pobladas o remotas. Así se podrán rediseñar los actuales circuitos de transporte de pacientes, evitando largos viajes y ayudando a conseguir la equidad geográfica en el acceso a los mejores tratamientos.

En definitiva, las nuevas tecnologías ya están preparadas y debemos aprovechar sus ventajas para revolucionar de nuevo la atención sanitaria en la fase aguda del ictus.